viernes, 5 de diciembre de 2008

LA CARTA


Éste es, viajero, el relato que escribí hace un tiempo y que me recordó el tuyo del otro día. Lo encontré al fin y lo podé bastante ( asumiendo el riesgo que tiene la poda excesiva) para adecuarlo al blog.


-No hace falta que te arregles tanto- dice María dándole otro mordisco a la media luna de hojaldre.
Sentada sobre la cama, en el hueco de la palma de la mano izquierda va recogiendo las migas que caen en finas láminas de distintos tamaños. Mientras, Conchita se acomoda el vestido delante del espejo del armario.
-Hay que dar buena impresión, mujer, después de lo bien que se han portado con nosotras. ¡Y tú dudando siempre de aquel hombre tan simpático! ¿tienes la carta?
-Pues claro que sí, mujer, la tengo en el bolso desde el día que llegó. Y deja ya de mirarte al espejo, que te vas a gastar.
Mientras Conchita termina de atusarse el pelo, María mira la baldosa sobre la que se apoya una pata del armario de tres cuerpos. En la forma caprichosa de la mancha, la cara del viejo barbudo que siempre ha visto, parece mostrar ahora un rasgo distinto, tal vez una media sonrisa.
A fin salen de casa y en pocos minutos entran en la sucursal 239 de la Bancamed. Las recibe un hombre grueso que lleva una camisa a rayas tensada al máximo sobre una barriga globo. El hombre las recibe sonriendo y las acompaña a su despacho.
- Buenos días, señoras. ¡Cuánto tiempo sin verlas por aquí!. ¡ Pero qué guapas están! ¡Cada día más jóvenes! ¿va todo bien?
Habla como si realmente le importara la salud de las hermanas, con el tono de voz de un pariente preocupado.
- Buenos días- dice Conchita- estamos bien, gracias. Venimos por la carta. Realmente nos va a venir muy bien ahora que mi hermana y yo volvemos al pueblo.
Le tiende el sobre que saca del bolso y el director saca con cuidado un folleto de su interior. “En Bancamed pensamos en usted” resalta en letras negras sobre un fondo color azul turquesa, el mismo azul de la tapicería de las sillas, de los paneles que separan las mesas y de los bolígrafos. Se ve la foto de la cara de un hombre que sostiene en su mano unos billetes de quinientos euros con los que se tapa medio rostro. Sonríe feliz mostrando una hilera de dientes blanquísimos. La frase “Tenemos 6.000 euros para usted” está impresa en letras grandes sobre la imagen.
-Ah, ¿desean pedir un préstamo? –les dice imitando con su sonrisa al hombre del folleto.
No, no, muchas gracias. Con los 6.000 euros que tienen para nosotras tenemos bastante, contestó Conchita. Estamos muy agradecidas. Ahora podremos arreglar la casa del pueblo y poner camas nuevas. No lo creerá, pero aún dormimos en las mismas de cuando éramos niñas.

12 comentarios:

Reyes dijo...

Jajajajajaja
soy la primeeeeeeeeeee
justo antes de pegarme un tiro, que viene un puente y no encuentro desde dónde tirarme....
genial, Ara, me encanta cómo lo cuentas , ese tono, qué bien lo he "visto " todo, me ha gustado mucho , en serio.
Besitos.

El Viajero Solitario dijo...

Como le he dicho a Reyes, estaré un par de días fuera, ahora no tengo tiempo ni para leer el relato, el lunes a la vuelta me paso por aquí.

Baby dijo...

La inocencia te valga...!

Txell Sales dijo...

Es una carta fresca, llena de ironía y humor. No entiendo a qué carta te refieres cuando dices que no sé cual te ha inspirado. ¡Que buenecitas las hermanas!

Sinuosa dijo...

Jajajaj, ¿os imagináis, que cada vez que nos llegara una carta de ese tipo fueramos todos al banco, a buscar lo que ofrecen con la misma soltura que esas dos hermanas?
¿Qué cara pondrían los pobres empleados? jajajaj
Muy bueno.

Miguel Baquero dijo...

Je je je. Me ha recordado mucho, claro, a ese relato del blog de el viajero que dices te ha servido de inspiración, el del señor que entra en el banco para hacer amigos. Muy bueno también.

La verdad es que tendráimos que denunciar a todos los bancos por publicidad engañosa. En Cajatal nos preocupamos por usted. Mentira, cuando me rompí el brazo nadie de Cajatal llamó siquiera para ver cómo estaba. Así que no me vengan con milongas

Pedro dijo...

Muy bueno, nos confirma algo que se empeñan en que olvidemos: las palabras son importantes, nadie tiene el derecho a usarlas en vano, a gastarlas, a rebajarlas. Políticos, banqueros, publicistas o administraciones: todos nos acosan con sus palabras, nos las arrojan a los ojos con la esperanza de cegarnos y domesticarnos. Nos defendemos con la palabra exacta, la palabra certera. O con la mirada inocente de dos hermanas que conceden a las palabras la verdad que nunca han tenido.

el pasado que me espera dijo...

Gracias Reyes, me alegro como siempre de que seas la primera.Aquí estaremos, viajero...
Baby, tú lo has dicho, santa inocencia.Txell,hace unos días el viajero colgó un relato que transcurría en un banco.Me recordó a éste, que había escrito yo hace un tiempo, lo desempolvé y lo reducí un poco para que tuviera un formato más apto para el blog, por eso lo menciono al principio.
Sinuosa, pues es muy buena idea la tuya, eso deberíamos hacer todos. Claro que sí, Miguel, se aprovechan de un lenguaje tramposo para hablar de regalo cuando lo que nos proponen es un simple negocio que siempre les beneficia a ellos. Estoy de acuerdo Pedro, es más, debería ser delito engañar a la gente usando palabras que pierden su significado real para simplemente embriagar y atontar a la gente. Gracias a todos por vuestros comentarios.

El Viajero Solitario dijo...

Ciertamente, hay similitudes entre ambos relatos. Será que los dos hemos sido víctimas de ese lenguaje embaucador y hueco de los bancos, que te seducen con grandes palabras mientras te clavan a traición la letra pequeña, la maldita letra pequeña.

Creo que la poda te ha quedado bien, aunque no me importaría leer la versión crecidita, por comparar.

Terapia de piso dijo...

La inocencia y la astucia son igualmente peligrosas. Sobre todo cuando se confunden.

José Roberto Coppola

Mega dijo...

¡Y cuánto me gusta que estas dos hermanas hayan mantenido su inocencia a salvo...!

Un abrazo

Raúl dijo...

De alguna forma están conectados ambos relatos. El tuyo, desde una óptica más irónica, más bufa, con ese pelín crítico que tiene todo lo surrealista.