Las normas de seguridad de los aeropuertos son un síntoma.La enfermedad es la paranoia. Vivimos en una sociedad enferma, agonizante, según se mire. Salir de Londres por avión es constatar que la paranoia puede ser ley. Parece ciencia ficción. Y de la mala.
El equipaje de mano es rastreado milímetro a milímetro con meticulosidad de relojero miope.Todo contenido, no ya líquido sino simplemente cremoso es apartado a un lado. Nos hacen retroceder con los pequeños botes en la mano para meterlos en una bolsa de plástico transparente y volver a hacer cola para pasar de nuevo por el control. Además en Gatwick, los estados de la materia mutan; un desodorante en barra se convierte en líquido.¿Meter esos productos en una bolsa de plástico transparente los hace menos peligrosos? Es delirante. Después, con guantes de ginecólogo, extraen una pequeña muestra del tubo de pomada “Voltaren” para analizarlo. In situ. Como me pitaba el alfiler del moño, me han sometido a un cacheo que pasaba de largo la frontera del acoso sexual. Y dos veces. Las dos que he tenido que pasar por el control.
Ultimamente me cuesta mucho callarme y les he dicho lo que pensaba. Por un momento he creído que acabaría en comisaría.
Las normas son las normas, la ley es la ley, me dicen. La que se saltaron a la torera para invadir Irak. No me callo. Ya no.
Después de que los miembros controladores comieran y regurgitaran nuestros cuerpos y equipajes, hemos podido acceder al avión.
A veces me entran muchas ganas de ser terrorista. Si lo fuera, cogería el tren o el barco. Allí no te miran nada.
Ruedas
Hace 2 horas












