Se acerca a un horizonte
trazado con delicado buril.
Un último destello verde,
antes de que la noche vomite
su negrura sobre el barco,
alienta a la tripulación.
Querido Manuel: Te preguntarás el motivo de mi carta ahora que tú y yo somos sólo humo y que por no quedar, no nos queda ni la pena. Ya sabes que sufro de forma crónica de reflujos del pasado y que muy a menudo me sopla el viento caprichoso del lado de la memoria. De ahí me llegaste ayer, ya sin dolor ni reproches y sin atravesar mares de cristales rotos, más como una película en blanco y negro cuyo final no consigo recordar.
Fui a la despensa y encontré el cuerpecito de un bebé palestino cubierto de polvo, aGAZApado entre los turrones. Parecía recién sacado de entre los escombros y ya no se movía. Le limpié la sangre y el polvo y lo puse de niño Jesús en el pesebre.
A pesar de que nunca le he visto, supe de su existencia dos semanas después del naufragio, al descubrir unas huellas recientes. A partir de ese momento empecé a poder dormir.Y aunque no me atrevo a salir a buscarle porque el aislamiento me ha vuelto miedoso, me gusta saber que no estoy solo en la isla, que en algún lugar, seguramente no muy lejos de mi cabaña, él también mira la luna cada noche. Al fin y al cabo he tenido suerte, pienso. No estoy solo. Si él puede resistir hasta que alguien venga a rescatarnos, yo también podré. Y como necesitamos saber el uno del otro, cada mañana él recoge los dos cocos que le dejo como señuelo sobre una roca y por la tarde yo recojo en el mismo sitio, los dos cocos que me deja él.
El mecánico miró las bujías y revisó el motor de arranque. Cambió la correa de transmisión y comprobó la batería. Todo funcionaba a la perfección. Pero el coche no arrancaba. Después de repasar cuanto manual encontró y de realizar los tests pertinentes, descubrió por fin el motivo. Era un problema de voluntad, de falta de motivación. El coche había perdido la ilusión por rodar y hacer kilómetros. Probamos con algún incentivo, llantas nuevas y altavoces traseros, pero no hubo forma, nada le hizo cambiar de opinión. En el fondo me alegré por él. Siempre supe que mi coche tenía principios.



Vivo en el extrarradio de una gran ciudad, en un piso que acabaremos de pagar dentro de nueve años. Tengo un trabajo fijo que me deja las tardes libres para dedicarlas a mis maquetas. Como miembro activo de la asociación de vecinos, puedo afirmar, aun a riesgo de pecar de inmodestia, que buena parte de las iniciativas tomadas para la mejora del barrio han sido propuestas mías, secundadas por una amplia mayoría. Conchita me quiere, yo la quiero y el sexo después de dieciseis años sigue siendo pasable. Soy el rey de las ensaladas, pelo las zanahorias a velocidad de vértigo y mezclo los ingredientes siempre distintos para no adormecer los paladares. Los niños crecen bien, haciéndose a sí mismos las preguntas habituales. Los fines de semana salimos al campo, y si hay suerte y el domingo no pillamos atasco, me da tiempo de tomar unas cervecitas con los colegas en el bar.
Lo sé, como borrador de una vida no está tan mal, pero algo me impide pasarla a limpio.
