María era una mujer resistente, acostumbrada a cargar desde siempre con males propios y ajenos.Pero últimamente sufría de unos molestos y persistentes dolores. Los tenía por todo el cuerpo, le pinchaban como aguijones, y era fácil verla moviendo las manos por las piernas como si sacudiera astillas imaginarias. Fue de consulta en consulta, visitó a médicos homeópatas y alópatas, kinesiólogos y acupuntores. Nadie supo encontrar el origen de tan extraña dolencia. Hasta que la visitó un médico viejo, que ya había pasado de largo la edad de jubilación. Le tomó el pulso y la auscultó con mucho cuidado, deteniéndose varios minutos en algunos puntos de su cuerpo. Después de frotar sus manos para calentarlas, y mientras la pobre María estrangulaba muecas de dolor, fue presionando sobre su vientre y su costado.
El diagnóstico la dejó perpleja. Lo único que tenía eran lágrimas cristalizadas que habían quedado clavadas por todo el cuerpo. Y eran muchísimas. Todas aquellas que nunca se había permitido llorar.
Había perdido toda esperanza de promover mi obra. Abatido y sin trabajo, me hallaba sumido en una espiral alcohólica de efectos devastadores.
Mi problema, resolví una tarde de lucidez dudosa, eran los descartes. Cada vez que el camino se bifurcaba, que tenía que tomar partido por una alternativa, elegía la peor, la más ruinosa. Mi vida había sido, en suma, una cadena de decisiones erróneas.
Decidí que me había llegado el tiempo de forzar el paso contrario.
A partir de ese día, ante cualquier decisión, por intrascendente que pareciera, cerraba los ojos y como si de una suerte de conjuro se tratara, me obligaba a desechar todo aquello que mi naturaleza me inclinaba a elegir.
Y lo hacía de forma sistemática, burlándome de mis intuiciones y descansando de vez en cuando en aquellos momentos que no permitían el mínimo margen de decisión personal.
No tardé en llenar mi casa de figuras de toreros y de lánguidas damiselas de porcelana. Cambié mi atuendo, empecé a usar colonia, dejé de beber.
Conseguí tragar sin anestesia programas de televísceras, leí todo best-seller de autores de los que abomino. Tan en serio me lo tomé que conseguí ser otro.
Y sí, encontré trabajo y al poco me casé. Ahora tengo hijos, hipoteca y dos coches. Mi vida transcurre por un páramo seguro y sin baches, a salvo de aquellos abismos insondables.
La noche de la sacudida desperté a las tres de la madrugada. Si la tierra había temblado, ni mi mujer ni mis hijos parecían haberlo notado. Me levanté a beber agua y a refrescarme el rostro.
Al volver al dormitorio, la visión del contorno de un cuerpo masculino abrazado a mi esposa me dejó paralizado. Tras el susto inicial, y ante el aspecto inofensivo del durmiente, me acerqué a mirarle. Había algo demasiado familiar en esa cara con barba de tres días y en su olor a whisky mal dormido. Era mucho más delgado de lo que yo recordaba haber sido nunca, pero la cicatriz del mentón no dejaba rincón para la duda.
Si se trataba de una fisura espacio-temporal o de un desdoblamiento cuántico lo desconozco, pero ahí estaba yo frente a aquel otro tipo que yo había sido.
Y si al principio mi mujer se mostró muy indignada ante mi propuesta de que se quedara a vivir con nosotros, tampoco se atrevía a echarlo de casa por su asombroso parecido con nuestro hijo Oscar. Lo cierto es que pasados los primeros días de adaptación, los tres nos llevamos bastante bien.
Ahora a ella se la ve mucho más feliz. Y por esa mirada pícara y relajada con la que amanece algunas mañanas, sé, aunque ella nunca me lo diga, que él es mucho mejor amante que yo.
Sólo quedaba reordenar las piernas y brazos de nuestros hijos para colocarlos en su sitio, rascar la piel humana de las paredes y barrer los demonios, que hermanados con las moléculas de polvo, se arremolinaban volátiles debajo de la cama. Escanciada la sangre aún caliente en dos copas de plata vieja, brindamos por lo que ya nunca más sería.
Ahora todo tiene una temperatura confusa. El resto de lo que en un tiempo fuimos, los tentáculos de aquella costumbre, que arraigó como árbol tenaz en el muro de un cementerio, señala insistente y sin que nadie se lo pida, el contorno de tu ausencia.
En la oscuridad del dormitorio, mi amado recorre con sus labios de pulpa jugosa los lugares donde sabe que escondo mis puertas. Enciende y apaga con minuciosidad de orfebre pequeños incendios palpitantes en el vientre y en el pubis. Sus dedos resbalan curiosos, erizando aquí y allá, despertando centímetros de piel dormida. Entreabre la boca y los labios caminan por mis muslos. El vello se altera, recibe su aliento cálido como la caricia suave de un viento antiguo. Derrapa hacia las ingles y ahora se entretiene en sorberme despacio, a intervalos irregulares y llevado por una sed glotona y caprichosa. Todo es redondo y perfecto. Me revuelvo en mi misma, entregada a su voracidad esponjosa. Hasta que irrumpe un calor inesperado y húmedo en el lóbulo de una de mis orejas. Y se desvela aterradora, la presencia tierna y vigorosa del mordisco de otra boca.
Éste es un sueño agradable: me recibe un abrazo cálido, envolvente.
No siento la necesidad de hacerme preguntas, sólo el deseo febril de soltarme en ese calor del líquido espeso y blanco que me envuelve. Parece nieve suave y caliente, pienso al tiempo que me descubro cierta excitación mullida.
Estoy rodeada de iguales, protegida por su cercanía cálida.
Todo está en su sitio, todo parece resbalar hacia una forma única de justicia universal. Por fin.
Participo de ello, me entrego a ese goce. De forma rotunda y sin fisura alguna. Solo soy uno más. Uno más en la bandeja.
Soy un canelón de una bandeja de dieciocho, bañado en bechamel y gratinándome en el horno.Y soy feliz hasta llorar crujientes lágrimas de queso.
(Que sí, que es un sueño real. Lo soñé hace unos años. Nunca conseguí interpretarlo)
Incluso de niño ya llamaba la atención mi carácter huraño y con marcada tendencia a ensoñaciones. Pasaba las tardes solo, jugando con las huellas que encontraba en la arena y con los cangrejos que arañaban las rocas cuando la marea bajaba. No solía tratar a otros niños. Me resultaban tan incomprensibles como los adultos.
En el terreno amoroso nunca he cosechado éxitos. Ellas siempre me han ignorado, se han apartado de mí como si yo fuera una colilla mal apagada.
Mi naturaleza inestable me impulsa a continuos cambios de ánimo y rumbo. Empiezo las cosas con un ímpetu colosal, pero desfallezco cuando llegan los primeros contratiempos. La mía ha sido, en fin, una vida sembrada de desatinos, de caminos equivocados. El mundo siempre me ha parecido un lugar hostil y lleno de trampas. Los restos de aquellos sueños en los que algún día creí, golpean mi ventana por las noches como ramas azotadas por una tormenta. Me siento cansado, aburrido de este simulacro de vida que me empuja al abismo.Y mientras, el tiempo avanza implacable: mañana ya cumplo los dieciocho.
Su muerte, lejos de brindarnos alguna clase de sosiego, acrecentó el pavor que en vida nos había inoculado despacio, casi gota a gota, como un veneno paralizante. Nunca nos negamos a sus excentricidades, a su insana curiosidad, que nuestra inocencia cobarde colocó en el anaquel reservado a los acontecimientos que obedecen a un designio superior. Contradecirle no era ni siquiera una opción. Tras su fallecimiento, empezamos a manifestar desconocidos achaques, mareos inexplicables y malestares que nos invitaban a arracimarnos en los rincones para compartir nuestros malestares en voz baja. Una tras otra, las novicias dejamos de menstruar. El nuevo prelado llegó de la diócesis con órdenes claras. Ahora los llantos de los cadáveres de los neonatos resuenan todas las noches bajo las bóvedas del sótano del convento.
Los pinchazos de mi vejiga llena me despertaron de madrugada. Para que la interrupción nocturna resultara un pequeño paréntesis lo más cercano a las telarañas del sueño, me dispuse a hacer el desplazamiento hasta el baño a oscuras. La realidad llegaba a mis sentidos atenuada por la falta de luz. Tanteé la pared y avancé mientras leía el camino en los contornos cotidianos; recorrí el borde del cabezal de la cama y acaricié los quince centímetros escasos hasta el marco de la puerta. Repasé con las yemas de mis dedos el ángulo que forman las paredes del dormitorio y del pasillo hasta que llegué al interruptor. Sin accionarlo salté al tacto fino de la chaqueta que cuelga del perchero. Apenas me quedaban dos metros de pared lisa hasta el baño. Algo debió torcerse en ese último tramo, algo inexplicable, devastador, que me ha lanzado a una búsqueda sin final. Camino desde hace horas pegado a la pared, recorro su textura tan lisa como infinita, agarrado a mi espanto, perdido en la oscuridad.
Habrá que revisar el sistema, Bob, el M67D14 recibe demasiados comentarios elogiosos en sus entradas y eso interfiere en su deseo de consumir. Activa el regulador de halagos y baja el número de comentarios a 2 o 3 durante dos semanas. Y que sean comentarios neutrales. Hay que bajar esa autoestima. Aprovecha su perfil de viajero y ve marcando con anuncios de viajes toda su correspondencia. Eso adormecerá su sentido crítico y posiblemente disminuyan sus entradas antisistema. Crea un blogger femenino que se interese por lo que escribe para que quiera mejorar su aspecto. Un interés moderado, no más de dos comentarios por semana. Hay que conseguir que vuelva al sector de compradores compulsivos. Si nada funciona aplícale el código naranja. Y asegúrate de que parezca un accidente.
Desde que nací vivo en un hospital. No conozco otra casa. Y a parte de mamá, los únicos que me visitan son los médicos y las enfermeras. Nunca me dejan salir. Y eso que yo siempre les digo que me encuentro bien, que no me duele nada. Miro por la ventana y me imagino la vida, lo que sería pisar piedras o tocar un árbol, que me diera un beso alguien que no fuera mamá. Lo peor son los análisis; hoy ya me han pinchado dos veces para extraerme sangre. Los médicos son simpáticos y me tratan bien. Me regalan libros y a veces se quitan la bata blanca para jugar conmigo al ajedrez. Con ello no evitan que muchas tardes las lágrimas empujen con fuerza para salir. Pero como no quiero llorar, finjo tener sueño y cierro los ojos. Los cinco.
Las normas de seguridad de los aeropuertos son un síntoma.La enfermedad es la paranoia. Vivimos en una sociedad enferma, agonizante, según se mire. Salir de Londres por avión es constatar que la paranoia puede ser ley. Parece ciencia ficción. Y de la mala. El equipaje de mano es rastreado milímetro a milímetro con meticulosidad de relojero miope.Todo contenido, no ya líquido sino simplemente cremoso es apartado a un lado. Nos hacen retroceder con los pequeños botes en la mano para meterlos en una bolsa de plástico transparente y volver a hacer cola para pasar de nuevo por el control. Además en Gatwick, los estados de la materia mutan; un desodorante en barra se convierte en líquido.¿Meter esos productos en una bolsa de plástico transparente los hace menos peligrosos? Es delirante. Después, con guantes de ginecólogo, extraen una pequeña muestra del tubo de pomada “Voltaren” para analizarlo. In situ. Como me pitaba el alfiler del moño, me han sometido a un cacheo que pasaba de largo la frontera del acoso sexual. Y dos veces. Las dos que he tenido que pasar por el control. Ultimamente me cuesta mucho callarme y les he dicho lo que pensaba. Por un momento he creído que acabaría en comisaría. Las normas son las normas, la ley es la ley, me dicen. La que se saltaron a la torera para invadir Irak. No me callo. Ya no. Después de que los miembros controladores comieran y regurgitaran nuestros cuerpos y equipajes, hemos podido acceder al avión. A veces me entran muchas ganas de ser terrorista. Si lo fuera, cogería el tren o el barco. Allí no te miran nada.
Los faros del coche proyectan sobre la carretera una luz irreal, de sueño inquietante. La linea discontínua es un pespunte infinito que el coche parece coser en su rodar constante y monótono. Se diría que se trata del mismo tramo de carretera recorrido una y otra vez. El hombre que está sentado al volante parpadea nervioso. De algún modo extraño se siente parte de la máquina que rueda incansable en esta noche lúgubre, de oscuridad acechante. Acciona el limpia-parabrisas y en el vaho del interior del cristal abre una pequeña ventana transparente con el dorso de su puño cerrado. Huir se ha vuelto el único verbo posible. Huir de la resignación, del tedio. Lleva horas en la carretera hipnotizado por las puntadas blancas que le alejan de una realidad que le estrangula. Sólo piensa en seguir adelante, sin más compañía que el suave ronroneo del coche que avanza, a velocidad estable, por el corredor iluminado. Se aclara el horizonte y la noche abandona lentamente su provisional lecho. El coche se adentra en la ciudad mientras la primera luz del día empieza a lamer las aceras. El hombre aparca el coche frente al portal de su casa. Antes de abrir la puerta, exhala un suspiro de cansancio. Resulta agotador pasar todas las noches huyendo del hombre que es durante el día.
El hombre parece inquieto, la mujer que lo acompaña acuna a un bebé envuelto en una manta. Verlos en el andén sin equipaje, ni siquiera un bolso de mano, resulta turbador. Se oye el pitido del tren que se aproxima a la estación y la mujer avanza hacia las vías con pasos lentos pero decididos. El aire se congela mientras ella se asoma sobre las vías como si buscara el mejor lugar para lo que ya se intuye inevitable. El bebé rompe el silencio con un llanto premonitorio. El silbido se intensifica y adopta una intermitencia familiar. Me aparta bruscamente de la escena y me lleva en vuelo fulminante al bip bip del teléfono móvil, que siempre suena puntual cuando estoy intentando tener una pesadilla.
Tras la pertinente espera y abrumados por la pena, los dos regresaron a casa solos, ataviados con el mismo traje de la derrota y otro desengaño cosido a la cola de las citas frustradas. Uno de ellos, seguramente el hombre, distraído ante el océano infinito de la expectativa, ignoraba que la noche anterior los relojes debían retrasarse una hora.