Mi amigo LLorenç http://strongboli.blogspot.com/ me propuso que pensara en un relato para su cuadro.
Este es el modesto resultado de poner a trabajar a la única de mis neuronas que no está en huelga.
Pero nos la quedamos, asumiendo que los primeros días los pasaríamos despojando las estancias de las exageradas improntas de sus antiguos moradores, borrando huellas de todo aquello que no nos atañía.
En el reparto de tareas a mí me toco ocuparme del baño, tan lleno de objetos ajenos que era imposible no imaginar que alguien saldría en cualquier momento de la ducha.
Empecé por inclinarme a recoger las prendas que habían dejado en la cesta de la ropa sucia, ignorante del extraordinario viaje que iniciaba con ese gesto. Un pantalón estrellado idéntico al que llevé en aquel Canet rock de 1976 me llamó desde el fondo de aquel cesto. Menuda casualidad, pensé antes de sacar una camiseta negra de los Doors idéntica a la que perdí aquel fin de semana en Menorca. Tras ella salió el vestido con el que subí al tren que atravesaría Europa, y poco después desenterré los pantalones cortos que llevé durante tres veranos y en los que Rubén incursionaba, con más entrega que habilidad, a ras de ingle, con su índice intruso.
La fuerte impresión no me impidió seguir con los frascos, que destaparon un desfile de aromas antiguos y olvidados, el té de jazmín con el que nos calentábamos las manos en Londres, el olor a lápiz mordido. Y como colofón, sobre una banqueta, encontré el libro que siempre había querido escribir, todavía esperándome con todas sus páginas en blanco.
La velocidad de los hallazgos, la intensa reactivación de aquellas emociones pasadas de fecha, hacían imposible la digestión de todo aquel reguero de recuerdos.
Aunque todo ello no impidió que me detuviera, unos segundos, para mirar de soslayo a aquella niña de trenzas asustadas, que me observaba desde el espejo, tan callada y tan atenta.






D









